Vernos
Desde que llegamos a esta casa no hemos dejado de ver el velero que bornea al otro lado de la ventana. El primer día que dormimos aquí había muchísimo viento. Pensé, por un momento —como hubiera pensado cualquier otra madre—, que eso era lo que nos esperaba a partir de entonces, ruido nocturno y cristales que vibran.
Caminé esa noche, me acuerdo, de un lado a otro del salón, contando mis pasos para que se me hiciese más ameno, con A en mis brazos. Mientras la arrullaba para tratar de dormirla podía ver la espuma del mar, intuía las olas sin verlas, y no perdía de vista a nuestro vecino flotante.
Ahora una estación ha sustituido a la otra. T dice, porque se lo ha contado su profesora, que en primavera salen las mariposas y hace calor. Ya no hay viento y el velero sigue ahí mismo. No bornea, y jamás he visto un marinero en la cubierta, pero me gusta imaginar que vive ahí, que existe (claro), y que (qué tontería) él también nos piensa a nosotros.
El mundo enfermo que habitamos nos insiste en la idea de que los otros no somos nunca nosotros. Nos dice que el bien común no es un asunto social, sino privado. Y nos advierte de que estamos mejor aislados.
Nos vemos, sí, pero desde el otro lado.
En mi última visita a Madrid quedé con Noor a comer en un pequeño centro comercial. Me sorprendió cómo, en cada tiendita que entrábamos, ella se dirigía a los dependientes por su nombre con una cercanía amorosa que se da solo en algunos pueblos. Ante mi observación, me dijo que se negaba a tratar a las personas con las que se relacionaba como si no las fuera a volver a ver ya más en la vida.
El problema de dejar de vernos es que solo somos quienes somos cuando se nos reconoce.
Esta noche escribo estas líneas al tiempo que el salón se llena de oscuridad, todos duermen, y solo sé que existo aquí porque la luz de tope del velero está encendida.


