Una idea
paideia
Tengo una idea minúscula que es en realidad un universo inflacionario. Pertenece, con toda seguridad, a la golondrina que fui una vez.
Es una idea que hace unos minutos provenía de una nada tan anodina como lo son los huecos sin nombre, y que ahora crece conformando lo que existe.
Es una idea que arrastrada por el tiempo da lugar al espacio y me permite, por fin, existir bien.
La idea consiste en abandonar el entretenimiento fugaz y falaz, que me traiciona el sentido y me convence, sin esfuerzo, de que mi tiempo es mío y lo dedico a eso. La idea es dejar el maldito teléfono. Nadie quiere dedicar su tiempo a Instagram. Ni a Tik Tok. Ni a Idealista. Ni a un videojuego con colores estridentes y escasa programación.
La idea que tengo reside en dirigir mi agencia a un objeto más concreto y más digno que justifique mi sentido. A esta idea la he bautizado como paideia. La idea tiene más forma de pensamiento que de proyecto, por lo que todavía no la he parido.
T, por su parte, me mira con dos ojos enormes desde el otro lado del cristal y me exige con la perseverancia optimista de los niños que juguemos de una vez al escondite. A cada frase que termino de escribir me abre la puerta de la terraza y me pregunta: “¿has terminado de trabajar?” Con paciencia fingida le respondo dulcemente que no, que yo seré quien la avise.
T vuelve a cerrar la puerta. Su paciencia dura lo que tarda en recorrer el salón, esconderse detrás de un cojín del sofá y comprobar que no he ido a buscarla. Después regresa. Abre, pregunta y vuelve a cerrar. Y con cada aparición suya mi solemnidad se convierte en una caracola de mar, de las pequeñas y vacías que hay justo bajo el balcón.
Escribo sobre la conquista del tiempo al tiempo que le niego a mi hija cinco minutos. Trato de descubrir cuál es la forma de la buena existencia, y al lado contrario de mi cristal es mi hija la que me llama a mí para enseñármelo.
La paideia no es una acumulación de conocimientos, no consiste en leer todos los libros, ni en reconocer una melodía tras escuchar los primeros compases. La paideia es (era) la formación completa de una persona, una educación que alcanzaba el pensamiento, el cuerpo, la sensibilidad y la manera de ser frente a otros.
Naturalmente, yo he confeccionado una lista que va desde la historia, hasta la física, el alemán, el latín y el griego, pasando por la filosofía, la música, las matemáticas y las ciencias naturales. La idea se ha nutrido de confiar en una Sofía que todavía no existe pero que en mi cabeza es, sin duda, una mujer con disciplina, que no está exhausta y que no tiene tres niñas y seis piececitos a los que besar. Esa Sofía lee a los presocráticos por la mañana y jamás pierde cuarenta minutos mirando casas en las que no va a vivir.
La idea empieza entonces a transformarse, y deja de ser una estancia bella que hay que llenar de dignos objetos. La idea consiste ahora en recuperar la atención. Elegir algo, quizá un libro, una conversación o una hija escondida tras un cojín, y quedarme allí el tiempo suficiente para que mi tiempo y mi espacio se alineen y pueda yo volver a existir bien.



Estupendo! Un fuerte abrazo!
Hola, Sofía. Nos conocimos en la charla de Leti Salas, en mayo (llevabas unos cowboy boots brutales)
Te sigo desde entonces y me encanta cómo escribes y la forma en la que pones en palabras lo que piensas. A ver si este agosto nos ayuda, aunque sea un poco, a aprender a existir bien ❤️ Gracias por tus palabras, son tan bonitas como capaces de sacudir por dentro