La verdad de la duda
Me he comprometido a dejar a la IA a un lado durante largo tiempo, porque, cada vez más, advierto horrorizada a su uso desmedido en colegas y coetáneos del mundo del arte que han sucumbido, en algún punto, a solicitar la corrección de algunos de sus textos antes de publicarlos.
El resultado: una masa homogénea de ideas recicladas que suenan exactamente a la misma cosa.
Los hay peores, claro. Algunos artistas, contra su propia naturaleza, están pidiendo a la IA que les haga directamente el trabajo. Lo cual no solo me parece absurdo, sino absolutamente atroz. (Lo veo en Substack, en redes sociales y, tristemente, también en algunos libros).
En mi caso y en cuanto al uso de ChatGPT, llevaba un tiempo aficionada a la delegación de tareas menores como pueden ser escribir un correo o contestar a un WhatsApp que me daba pereza, hasta que me he visto a mí misma (desde fuera) lenta y torpe cuando he tratado de hacerlo sola.
En fin, el caso es que he llegado a la iluminada conclusión de que lo que de verdad hace falta es leer buenos libros, consumir buen cine y asistir a conversaciones sugestivas para crear obras que sigan contribuyendo al conocimiento y al arte enciclopédico.
Pienso en esto y se me instala una nostalgia ligera en el pecho que me hace regresar a cuando a los doce me sentaba en la alfombra granate del salón y rebuscaba con mis dedos prepúberes por la C de Calderón de la Barca para acabar un trabajo de Lengua y Literatura de primero de la ESO.
La vida se movía a un ritmo indiscutiblemente más lento, y lo que se creaba, fuera lo que fuese, se hacía con una intención distinta.
Me aventuro a diagnosticar el asunto y escribo sin demasiado miedo a equivocarme, que el problema no es otro que el aumento gigante de producción en general. Producción de todo, a toda velocidad. Comida, ropa, libros, claro.
La profesionalización y la “normalización” del trabajo de artista no solo ha provocado que ahora su imagen haya dejado de ser la del ermitaño atormentado, sino que además se espera de él que produzca al mismo nivel e intensidad que cualquier otro oficio.
Todo esto pienso y desenredo en palabras mientras viajo en un tren de vuelta a casa.
He empezado a leer la última novela de Sara Barquinero. Estoy segura de que, como me ocurre en todas las ocasiones, su prosa e ideas influyen en mis temas e intenciones creativas. No lo puedo evitar. Cuando termine (y cuando vuelva a tener algo de tiempo) empezaré con Lo raro es vivir.
Si me preguntáis, a mitad de la historia, sí, tenéis que leerla (leerlas, a ambas, a Sara y a Carmen).
Mientras avanzo entre sus líneas doy por hecho que parte de lo que cuenta es absolutamente cierto, y trato de adivinar a quiénes se refiere cuando habla de determinados personajes.
Es curiosa la autoficción.
Me pasó lo mismo con Matriz cuando algunas de mis amigas me preguntaban ansiosas que en qué página las nombraba a ellas, o me pedían aclaraciones conforme avanzaban en la lectura.
Me pregunto divertida si, ahora que ya soy escritora (de verdad), mis enemigos (ni que los tuviera) aguardarán temerosos a que no los nombre, ni de pasada, en mis próximos textos. Antes de Matriz pensaba en ellos antes y después del folio en blanco. Ahora me dan igual (más o menos). Y estoy segura de que a Sara Barquinero también.
Culmino estas líneas al tiempo que tras mi ventana se reproduce el paisaje de hogar e infancia al que no pretendo dejar de volver, y concluyo que la duda será siempre más bella que la inerrante tecnología.



Querida Sofía,
Me alegra mucho lo que me dices del peligro de la IA: para mí tomando la expresión de la veterana novelista norteamericana Anne Tyler puede ser "el beso de la muerte" para una persona creativa.
En el post sugiero revisar:
advierto horrorizada a su uso desmedido en colegas // advierto horrorizada su uso desmedido por parte de colegas
Un gran abrazo con todo mi cariño!